Festivalia -Capítulo I- Los orígenes
Miércoles, 5 de Agosto de 2009Con la llegada del deshielo y el derrame de la nieve caída a lo largo del invierno empieza la primavera; los campos se tornan de distintos tonos del verde, la huerta se pone en pie y los ríos (mediante la maraña de afluentes) duplican sus cauces bravíos. Entre toda esta efervescencia de fertilidad terrestre y comunión simbiótica ineterespecial, a un ingente número de humanos les da por celebrar la nueva situación estacional organizando eventos que giran en torno a la exhibición de música en directo. A esto, los humanos le hemos llamado Festivales de música.
Tradicionalmente este tipo de eventos musicales estaban vinculados a una festividad más cercana al folklore y la música de raíces en la que cada en casa se cocían sus habas con su propia y peculiar salsa. Sin embargo, a finales de los años ’60 tuvo lugar un evento que cambió para siempre la manera de entenderla música pop-que había sufrido un auge espectacular desde finales de los años ’50 situando a la juventud en su epicentro tanto productivo como de consumo-. Me refiero al Woodstock Festival, que tuvo lugar en una granja de Bethel, Nueva York, entre los días 15 y 17 de agosto de 1969 -en unos días se celebra el 40 aniversario-. El festival (inmortalizado en el documental dirigido por Michael Wadleigh y montado por Martin Scorsese –Oscar al mejor documental en 1970-) no solo marcó una época, si no que abría una nueva brecha productiva en la que los macro-eventos musicales iban a ser uno de los pilares básicos de la industria musical, que veía en la juventud a su más vigorosa clientela.
Desde entonces han proliferado en el mundo un sinfín de macro eventos musicales, enmarcados básicamente en festivales y eventos con algún atisbo de reivindicación político-social (y normalmente patrocinados por la Coca-cola).
Si nos fijamos en el estado español, las primeras manifestaciones músico-festivaleras las encontramos vinculadas al auge del Rock y la música progresiva en plena Dictadura Franquista. El primero de los grandes festivales en la península ibérica fue el “Festival Internacional de Música Progresiva”, celebrado en Granollers en 1971, que se celebró rodeado de un imponente cordón de guardias civiles (eran los últimos años del franquismo y el miedo a lo nuevo era voraz entre las autoridades de la época). Le siguieron el “Festival de Burgos” de 1975 -dado a conocer en los medios reaccionarios del momento como “La invasión de la cochambre”, en alusión a las pintas que atribuían a sus asistentes- o el ya mítico “Canet Rock”, celebrado por primera vez en 1975 en Canet de Mar (Barcelona) y con una inusitada asistencia de 20.000 personas (al que siguió un documental homónimo sobre el festival realizado por Francesc Bellamunt y Ángel Casas).
En las dos última décadas han sido muchos los festivales herederos de aquellos pioneros. El devenir de la música pop contemporánea en sus múltiples ramas y derivaciones ha propiciado que la cultura festivalera se haya ramificado en múltiples propuestas que responden a múltiples estilos musicales e inquietudes. Sin embargo fueron tres festivales que empezaron en los años ’90 los que marcaron la pauta y el devenir de la proliferación de este tipo de eventos hasta la actualidad: el Sonar (cuya primera edición se dio en 1994 y que perdura a día de hoy) el Festival Internacional de Benicássim (de 1995 hasta la fecha de hoy) y el Doctor Music Festival (con sus tres famosas ediciones 1996, 1997 y 1998).
La cultura de festivales, desarrollada mediante la múltiple proliferación de éstos, es una de las características principales –junto con el intercambio de música en Internet- del sector de la música en la actualidad. Festivales como Primavera Sound, Sonar, FIB o Festimad marcan la pauta de los macro eventos musicales hoy en día; sin embargo alrededor de sus programaciones surgen un importante número de festivales de mediano formato que acaban por generar un importante entramado socio-económico con multiplicidad de intereses.
Próximamente publicaremos un segundo capítulo acerca de la actual proliferación de festivales de distintos tamaños, a la par que trataremos de acotar de qué manera se articula todo este entramado de públicos, artistas, estilos e intereses económicos y políticos vinculados a la gran red de festivales que cohabitan hoy en día en España.
Por alguna parte debíamos empezar, y el frescor de la música en directo puede ser un buen antídoto para la calorina del verano español. Y el gazpacho.



